HISTORIA DE MI VOCACIÓN
Fr. Ramón Lucini Capilla

Me encantaría compartir con todos vosotros mi historia. El recorrido que ha ido tomando mi vida, camino que nunca hubiera sospechado, y que si hubiera sido por mí, nunca hubiera elegido según los patrones con los que he vivido hasta hace unos pocos años.

Soy hijo único de una numerosa familia. Tal vez os preguntéis cómo puede ser eso. Tiene una sencilla explicación: en casa somos 10 hermanos, pero yo soy el único varón. Ocupo el octavo lugar de los diez. Me he considerado una persona inquieta, con muchas ganas de vivir y de descubrir cosas, sobre todo de experimentarlas. Lo saben bien mis padres pues pocas veces hacía caso a sus consejos. Yo decía que tenía que experimentar para aprender, no me bastaban las meras palabras. Yo creía en mi propia experiencia .Así que cuando llegué a la adolescencia empecé a pensar distinto de mis padres. Iba a Misa como ellos me enseñaron, pero la verdad es que me aburría y dejé al poco de hacerlo. Había otras cosas mucho más importantes que hacer. Tenía yo por entonces 17 años .

Empecé los estudios de Marketing y al mismo tiempo, empecé a ir al gimnasio a diario, me gustaba estar fuerte y marcar músculos. Acabé la carrera de Marketing pero empecé a trabajar en el campo del deporte que tanto me entusiasmaba. Pero el destino me tenía preparada una sorpresa que iba a cambiar por completo mis planes de futuro…

Una de mis hermanas era muy inquieta en el mundo laboral y ello le había ayudado a tener su propia empresa. Al ser la dueña y jefa, tenía que viajar con bastante frecuencia, y en uno de esos viajes, tuvo un accidente y falleció inmediatamente.Ella tenía todo a lo que yo aspiraba: dinero, viajes, pareja… Yo la veía feliz en su vida y con lo que hacía, y yo esperaba ser así de “mayor”. Así que su muerte repentina produjo en mí una sensación de vacío inmensa. La vida perdió para mí todo sentido. Se me vino abajo toda la ilusión que yo tenía por hacer cosas, el deporte me seguía sacando un poco del pozo, pero ya le había perdido también el gusto. En mi interior apareció una pregunta de modo insistente e intenso: “¿Hay algo por lo que merezca la pena vivir?”. Como no tenía respuesta decidí no hacer planes de futuro e ir aprovechando al máximo el presente, sacarle todo el jugo posible a esta vida desde el punto de vista de la diversión y el placer.

Pero Cristo, al cabo de un tiempo me salió inmerecidamente al encuentro. Noté su voz que un buen día me decía desde mi corazón: “¡Deja todo y sígueme!”. Yo no sabía cómo responder a esa llamada, yo que estaba muy lejos de la religión y no practicaba salvo algo de meditación zen y de yoga. Decidí entonces hacer el Camino de Santiago para ir pensando despacito sobre mi propia vida. Me esperaban muchos kilómetros mochila a cuestas, pero no tenía ninguna prisa. Sólo me condicionaba un poco la escasez de dinero que llevaba, pero me daba igual. Iba tranquilísimo admirando y disfrutando lo que podía de los paisajes. Si me cansaba tras un par de horas de andar, me sentaba bajo una sombra y cuando me parecía reanudaba la marcha. No me gustaban los albergues típicos, aquellos en los que se quedan la mayoría de los peregrinos y que mejor están acondicionados. Yo buscaba sobretodo calma y sosiego. Me paraba y dormía donde hubiera poca gente o a ser posible, dónde pudiera estar yo sólo. Me encantaba entrar en las iglesias que iba encontrando en el Camino y me quedaba un ratito allí. No rezaba, sólo miraba. El silencio de esos lugares producía en mí una sensación de paz que yo iba buscando. Los días iban pasando sin prisa y tampoco yo no tenía ninguna. Miraba el amanecer, y buscaba un lugar tranquilo para ver por la tarde la puesta de Sol. Esa maravilla no podía ser fruto del azar. Alguien tenía que estar detrás de todo. La idea de un Alguien detrás de todo lo que yo iba admirando, de esa preciosidad que era capaz de percibir en la creación a mi alrededor, era muy fuerte ya en mí, tanto que no podía obviarla, así que a ese Alguien le pedí, que me ayudara a darle sentido a mi vida.

Puse mi vida en sus manos. Lo hice desde lo más íntimo de mi persona, hablando desde lo más adentro. Era una necesidad para mí, tal vez la mayor que tenía, por encima del alimento diario o lo que se nos ocurra. Ayúdame a responder mi pregunta, éste era mi mayor deseo y eso le decía. Pongo mi vida en tus manos, pues he probado muchas cosas y ninguna me ha saciado, sí, me han distraído pero no llenado del todo. Me había llevado conmigo la parte de la Biblia que se llama Nuevo Testamento, y empecé cada día a leer despacito las narraciones de los evangelios sobre la vida de Jesús. Nada era forzado, salía de mí de un modo natural. Iba buscando el silencio, los sitios tranquilos, y de cuando en cuando iba leyendo un trocito. Llegué a Santiago de Compostela después de mes y medio de caminar.

Me volví a casa de mis padres y cuando pasaron unos días, llamé a un amigo monje. Le pedí quedarme todo un mes en su monasterio.Iba a todas las oraciones porque me hacían sentir muy bien interiormente, de algún modo lo necesitaba. Desde las 6:00 de la mañana acompañaba a los monjes en sus oraciones. En el Camino de Santiago, me entraron unas ganas inmensas de poner mi vida en orden, me confesé a los pocos días, empecé de nuevo a ir a Misa y a comulgar, práctica que había dejado 10 años atrás. Noté que era Cristo, Quien me cuidaba y venía a mi lado en todo momento para que aquella invitación de dejarlo todo por Él, pudiera realmente hacerse realidad un día.La respuesta a mi pregunta está resuelta. Como decía San Pablo en la Carta a los Filipenses, capítulo 1, versículo 21: “Mi vida es Cristo”.

FRAY RAMÓN ingresó en el monasterio en febrero de 2001. Emitió su Profesión Solemne en 2008. En julio de 2016 fue ordenado diácono. Es Maestro de Estudiantes y se encarga de la lavandería y la limpieza del comedor de la hospedería.